El 16 de abril amaneció como un
día normal, para mí el panorama sería como el de cualquier sábado. Quizá mi
historia sobre como viví el momento del sismo no sea nada digno de contar, es
decir, los quiteños lo sentimos como un temblor largo, quizá algo fuerte, pero
no teníamos idea que en otro punto de nuestro país ese sismo tenía
consecuencias tan graves y que era un terremoto; los medios nacionales no decían
nada, a pocos se nos ocurrió buscar en canales
internacionales, en Twitter empezaban a salir aproximaciones del
epicentro y magnitud del sismo, fotos de ciertos desastres en Guayaquil, pero
claro en las zonas mayormente afectadas no había quien se ponga a publicarnos
lo que estaba sucediendo.
En mi caso empezaron llamadas de
familiares fuera del país con precauciones sobre qué debía hacer en caso de
réplicas y cómo estar preparada, yo seguía sin entender la magnitud de lo que
nos estaba sucediendo.
Al otro día, ya algo informadas
empezamos en casa a reunir cositas que se podían donar, en Facebook encontré
fácilmente la información de en dónde podíamos acudir a dejarlas, para nuestra
sorpresa había una gran congestión en la entrada a la Cruz del Papa, así que fuimos
a otro punto. Pero en todos los puntos había filas y había gente con
donaciones. Creo que fueron pocos los quiteños que ese día no salieron a apoyar
con su granito de arena, y buscar todas las maneras en que se pudiera ayudar.
Resumiré mi historia, fueron días
en que vimos como el país quedó como con resaca después de ese movimiento tan
fuerte de la tierra, muchos no dudamos en organizarnos y salir a la zona de
desastre y poner nuestras manos y capacidades a la orden de quienes lo
necesitaban.
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| Tomada de la Web. No sé si realmente el autor es desconocido |
Quedó constancia de la gran solidaridad, un dolor que vivimos juntos como ecuatorianos pero qué supimos que no bastaba con sentarnos a lamentarnos, y nos empezamos a concientizar que la ayuda no bastaba en el momento que vamos a reconstruir el país juntos, que nuestros compatriotas afectados no iban a estar solos, y que seguimos con campañas recaudatorias, eventos, donaciones, y pues toda la ayuda desde los distintos sectores (que espero se mantenga el tiempo necesario).
Fue una lección muy grande para
todos, muchas fundaciones con fines de beneficencia a distintos grupos de la
sociedad se unieron, la causa era común, llegar a todos quienes necesitaran una
mano.
Dicen que los amigos se ven en
las malas, y descubrimos que tenemos muchos más amigos de los que pensábamos,
que muchos países no dudaron en darnos su apoyo, como diríamos nosotros “en
plata y persona”, cuántos rescatistas, cuántas donaciones. Salí del país y me
encontré en las ciudades carteles sobre lugares de acopio de donaciones para
Ecuador, me encontré con muchas personas que me decían cuánto lamentaban lo que
nos estaba pasando.
Y la verdad después de vivir esto
empiezo a creer que quizá necesitábamos sacudirnos un poco, que se nos quitará
de encima la indiferencia, el pesimismo… pudimos sacar de un día a otro lo más
solidario, generoso, proactivo, positivo y amable de nosotros.
Sin duda, también quedó
constancia de ciertas situaciones poco agradables de contar, o de un manejo
inapropiado de algunos recursos, pero eso no creo que sea lo más importante de
sacar en cara en estos momentos.
Y después de esa sacudida no
podemos seguir igual, como dijo Andrea Torres volver a la cotidianidad no
implica volver a la indiferencia… El ambiente de optimismo, generosidad y
amabilidad debe mantenerse para que podamos salir adelante no solo con la reconstrucción
física de las zonas destruidas si no con la reconstrucción de nuestra sociedad
y de nuestra identidad como ecuatorianos, una mejora de nuestro entorno y un
impulso para superar la crisis económica.
(Pronto espero poder hacer una
recopilación de historias de ese momento)
