Era la noche de un martes... ni siquiera entendíamos como se iba el primer mes del año tan rápido. Intentaba estudiar, literalmente era un intento malogrado entre millón distracciones. Suena el teléfono, mamá contesta, es la abuela con dolor de estómago, mamá le da consejos comunes, le culpan a una piña, que si estaba muy ácida o que no se debía comer de noche, que durmiendo va a pasar, que la agüita de orégano puede ayudar...
2 horas después (y quizás no más de 5 hojas del libro después), vuelve a sonar el teléfono, entre sueños vuelve a contestar mamá, sigue el dolor de barriga de la abuela... Hay que ir a verla, en pijama (de verdad, no el scrub), con el fonendoscopio en una mano y las llaves y el saturador en el bolsillo caminamos de un edificio al de atrás a ver a la abuela. Subimos al cuarto piso, nos abrió la puerta su «niñero», con los ojos espantados, hablaba tan lento y preocupado que por primera vez fue imperceptible su acento caribeño.
La abuela pálida como la sábana blanca que la cubría, sudaba mucho, pero al tocarla era un témpano de hielo, mi pequeño aparato intentaba marcar su frecuencia cardíaca, pero no podía detectarla. Decía haber vomitado muchas veces (ya había salido toda la piña), el abdomen parecía iba a explotar no se podía palpar, hubiera podido escribir abdomen muy distendido, rechaza la depresión, timpánico, ruidos muy disminuidos, presentes solo en hemiabdomen superior. Ya con mi fonendoscopio tenía una idea de su frecuencia cardíaca, no llevé tensiómetro, pero tenía unos pulsos saltones a pesar de su frialdad (extrema).
Me miraban mi mamá y el niñero, no tenía respuestas. Solo me acerque a la mesa de noche donde siempre dejaba ella sus anillos, tenia su libretita donde apuntaba todo lo que podía olvidarse, su lámpara de estilo barroco, tomé la bocina del teléfono marcaba 9-1-1 mientras veía un libro de Milán Kundera ahí mismo en esa mesa, tapa abajo. Solo sabía el autor, el resumen y la editorial.
Me miraban mi mamá y el niñero, no tenía respuestas. Solo me acerque a la mesa de noche donde siempre dejaba ella sus anillos, tenia su libretita donde apuntaba todo lo que podía olvidarse, su lámpara de estilo barroco, tomé la bocina del teléfono marcaba 9-1-1 mientras veía un libro de Milán Kundera ahí mismo en esa mesa, tapa abajo. Solo sabía el autor, el resumen y la editorial.

- "ECU 911 cuál es su emergencia?" -Necesitamos una ambulancia por favor, paciente octogenaria inestable. -Le comunico con asistencia médica... Expliqué el cuadro mientras me daba cuenta porqué un médico no debe atender un familiar, la ansiedad que te invade...
La abuela pide ayuda, la llevo al baño, vomita de nuevo, es líquido bilioso y aparte de generarme náusea me preocupa mucho más por la mala señal. No sabía cómo entretenerla mientras rogaba que le quite el dolor. La llevaba de vuelta a la cama, aun no teníamos llamada de la ambulancia, pregunté por el libro sobre la mesa... "La broma", apenas lo había empezado y no tenía aún idea de que iba, dijo que le causaba intriga... le dije que cuando lo acabe me lo preste, asintió, insistió en el dolor, luego quiso ella sola cambiar de tema, se quejó del tamaño de letra del ejemplar que le dificultaba la lectura, que tenía proscrita por problemas maculares... insistió en el dolor. Sonó el teléfono la ambulancia estaba perdida, salimos para poder hacerle señales de donde la necesitábamos. Bajó una paramédica, el conductor. Nos acompañaron al cuarto piso mientras hablaba a toda prisa tratando de explicar como encontraba a mi abuela.
La hidrataron (a través de una vía intravenosa que se consiguió tras como 3 pinchazos), pusieron un antiemético (algo contra el vómito), aún le dolía. La paramédica insistía en la central que paciente requería transporte, negaban traslado de paciente, y dijeron "Si familiares desean y paciente cuenta con seguro particular que la lleven por sus propios medios". La compensamos, la subimos al carro aún hidratándola. Mamá la llevó a la clínica, me dijo que me quede estudiando.
A las 4 de la mañana desperté, aún no llegaba mamá, llamé, la habían transferido de la clínica a un hospital de mayor complejidad... otra vez por sus propios medios porque nadie confirmaba recepción y necesitaba cuidados intensivos. La residente la recibió enojada, porque mi mamá llegaba en su auto con una paciente inestable y ella no tenía espacio. Aún así, la atendieron llamaron al cirujano.
A mí solo me dijo que esté tranquila, que le lleve en la mañana una muda de ropa (seguía en pijama). Pasé temprano por el hospital (pensando que después iría al hospital donde yo tenía que ir a trabajar), la vi, seguía con dolor, seguía pálida y fría. Mamá me dijo que hable con el cirujano para que me explique, básicamente para que tras mostrarme los resultados de exámenes me confiese que no sabía qué tenía. No sabían qué hacer. Sin espacio en cuidados intensivos, acomodada en un espacio de críticos en emergencia, y yo comunicándome con mis tíos a larga distancia. Mamá creía que exageraba. Alertando a toda la marina del archipiélago para que encuentren a mi tío embarcado y le digan que venga al continente. Llamando a mi hermana en puerperio que venga a despedirse, mamá todavía creía que exageraba.
Ya había llamado a mi hospital, no llegaría ese día, estaba al pie de la cama de una paciente que era más que un paciente para mí... y ella solo me pedía que le quite el dolor, que no cedía a pesar de toda la analgesia.
Por alguna especie de milagro de repente una cama en UCI estaba disponible para nosotras... todo empezó de repente a pasar más rápido, tanto que no recuerdo detalles, solo recuerdo que ingresó a quirófano a medio día, nos reunimos mamá, amigos cercanos de la familia y yo en el comedor para almorzar... pero a la mitad en el altavoz solicitaban nuestra presencia en quirófano... salió el doctor me sonrió, pidió que entrara, me dijo que me explicaría a mi primero para que yo explique a los demás, me mostró una foto del campo quirúrgico, me dijo que no había nada que hacer... como si mi reacción fuera de incredulidad me dijo que si deseaba podía cambiarme y pasar a verlo personalmente. No podía. Llamamos a mamá, ella tampoco atinaba a saber como reaccionar, nos abrazamos. Realmente se nos iba la abuela, su mejor amiga, y estábamos la dos ahí tratando de dar esa noticia.
Es una historia difícil de contar, quizás hoy pude plasmarla porque hace unas semanas al fin tomé el valor de leer La broma de Kundera, hoy lo terminé y quisiera contarle a mi abuela de que va, de como a veces la vida es una insulsa y ridícula broma...
Para ti en el cielo, a mi lado o donde quiera que estés. 
