jueves, 5 de julio de 2012

Ya no hablemos de corrupción...

Real Academia Española © Todos los derechos reservados
Decimos "corrupción" y sin duda mencionamos un delito, genera reacciones diversas en quienes la escuchan; el problema comienza cuando vemos y vivimos corrupción, somos testigos y partícipes. Ya no sé si el cansancio que genera hablar de la corrupción es justamente por esa cotidianidad, y por el deseo de ocultar que somos corruptos, que somos parte de la "acción" y/o del "efecto" de corromper.

Podría hablar de corrupción y hacer sonreír a muchos (como si fuera un like, +1 o RT) por complicidad, por sentirse narrados en las ironías, como ya ha sucedido en otras publicaciones sobre este y otros temas, podría mencionar las muchas veces que con mentiras o "astucia" conseguimos excusarnos o justificarnos por lo que no hicimos bien y corrompemos algo establecido, sea por ley o convivencia. Pero ya no quiero hablar de corrupción, quiero hablar de "excepción", de aquello que al fin nos separará de lo común que es esta cotidiana corrupción.



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Excepciones totalmente posibles en muchos ambientes.



Quiero hablar de la excepción de los que al encontrar una moneda en el suelo se la devuelven a quien tenía el bolsillo roto, por supuesto, si ha sido notorio, porque no podemos negar que existe la suerte de quienes al caminar van haciendo su pequeña fortuna. La excepción de quien ve que algún conocido ha olvidado algo de valor, y lo guarda y cuida como propio para poder entregar de vuelta a su propietario ese bien. 

Esa excepción de quién estudia para obtener una nota a la que pueda llamar suya, tener la valentía de mantener sus ojos en su evaluación e impedirse por 2 segundos la solidaridad de querer compartir con el de su lado, ser de los excepcionales que piensan que un examen debería ser casi tan personal como ir al baño donde nadie tiene que ayudarnos para realizar nuestro acometido. 


Sembrar en nosotros una especie de amor a las filas que nos permita entender que quien llegó primero, tiene igual o más prisa que nosotros, y que el de atrás también quisiera evitarnos, así que simplemente ocupamos el lugar que precisamos en esa fila. 


En la calle y en la vida, disfrutar tanto del verde de nuestro semáforo como del rojo, así como aprovechar cuando vamos en la vía principal porque hemos de parar cuando vayamos por una alterna. 


Entender que siempre hay un mínimo y un máximo, que cuando no logremos el mínimo se necesita sacrificio y valor para seguir intentando llegar al máximo, y que mientras se está en el promedio solo se es un número más, y se debe ser perseverante porque el objetivo siempre es el mismo: el punto más alto. 


Comprender que las cosas tienen precios que nos permiten comercializar, pero tener la objetividad para determinar qué es lo que en nuestra vida realmente merece darle un valor y no pagar por ello. Poder decir que esas cosas las hemos ganado, que no es igual que haberlas comprado.


La excepción de alzar la voz para halagar, felicitar, agradecer; reclamar en el tono justo para que nos escuchen  y que sea el mismo tono en el que queramos que nuestro pedido sea respondido.


Quizás muchos cuando hablan de la corrupción lo dicen como algo normal.... tal vez es la hora de empezar a hablar y actuar de manera excepcional.


Sé que muchos se irritarán al leer esta publicación, y estarán en desacuerdo. Por eso para dejar de hablar de corrupción, se debe hablar con gente excepcional, con las personas diferentes.

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