“Quien
no ama la vida lo suficiente, no la merece” (Leonardo Da Vinci)
Sin saber con precisión el porqué, el ser
humano siempre ha pretendido buscar el responsable de lo que nos pasa (por
ejemplo: la Vida, el Destino, o un dios) sin tener en cuenta la responsabilidad
propia ante sus actos.
Aparte de que si pudieran medir cada uno de sus
pasos con “causa y efecto”, no serían humanos, pues ‘humano’ viene a ser de
cierta manera sinónimo de error o caída.
Pero no es que lo sea concientemente, o sea,
nadie monta una empresa para fracasar y/o quebrar, nadie se casa para
divorciarse o enviudar, aunque es probable que suceda.
Y, ¿qué es una probabilidad?
Solo la advertencia de que todo puede
suceder, de que puede ser (aparentemente) beneficioso o perjudicial.
No obstante, como dijo José Saramago, el bien y el mal no existen como tales, sino
que cada uno es la ausencia del otro.
Es como argumentar que “Dios no ha vencido al Diablo
porque sin él, su bondad no podría ser comparada, y aún así al Diablo le conviene la expansión de Dios, pues los límites del primero son
iguales a los del segundo, ni un paso más, ni un paso menos”
La idea no es ser cursi sino realista en el
sentido “poco-práctico” de la palabra, es decir, considerar que el ser humano
se compone de una cabeza, un tronco y
extremidades, en otras palabras: intelecto,
sentimientos y cuerpo (física e
instintivamente). Y como obvia necesidad, todos estos deben ser nutridos:
Buscar la información adecuada que ayude a desarrollarse al entendimiento;
brindar cariño y mostrar afecto (también que se vean retroalimentados) para
sentirnos tomados en cuenta en nuestro mundo; y, acicalarse,
apasionarse, excitarse, que se cumpla una homeostasis corporal personal.
Entonces el problema aparece cuando el
equilibrio entre las necesidades de estos tres fundamentos no se haya, y uno de
ellos es descuidado (o solo uno es tomado en cuenta).
Es fácil caer en el consentimiento al cuerpo,
pues en él se notan más las necesidades.
Mas, al ritmo que va el mundo, instruirse
intelectualmente se ha vuelto un requerimiento indispensable, a pesar de que
lastimosamente no se toma en cuenta una protección para evitar la entrada de
información alienante e incluso dañina.
Entonces la sensiblería, toma un circuito
aparte, que se conforma con amistades aparentosas o cariños superfluos. En fin
¡la diafanidad ya no importa!
¿Acaso no son las tres, una sola? ¿Por qué no
se cuidan las tres siempre?
He ahí otra pregunta a aquella lista de las
“preguntas mundiales casi irresolubles por hombres lúcidos”.
Sería bueno medir las consecuencias de cada
acción en torno a estos tres parámetros involucrados.
Si lo hacen por cegarse o engañarse, que lástima que los únicos
afectados sean sí mismos.
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