No seré la primera a la que empieza a molestarle abrir las redes
sociales y encontrar un montón de opiniones con respecto a lo sucedido recientemente
en la política de nuestro país. Y no es que esté en contra de que cada quién
exprese sus opiniones, pero lo que realmente me disgusta es la agresividad e
ironía con la que muchos lo hacen – y luego se quejan de la falta de libertad
de expresión. Y en esta ocasión no
pretendo expresar mis tendencias políticas, sino recalcar que antes de hablar
de política y de creer que el cambio está en la persona que dirige una
comunidad se debe tener en cuenta que los cambios más radicales han nacido de
la enmienda personal que lleve a una mejora del colectivo.
Veo las múltiples quejas de
personas que en su diario vivir son tramposas, corruptas, mediocres y
conformistas – que por cierto estos no son insultos, pero si la verdad les
duele no tienen porqué enojarse conmigo (además no he dicho nombres). Veo personas quejándose del mal
servicio en determinadas entidades, cuándo no prestan atención al servicio que
dan ellos mismos. Se quejan o apoyan leyes las cuales ni siquiera se han
molestado en leer, y que además les cuesta acatar porque muchos no entienden el
concepto de que las leyes son para cumplir, con el objetivo de organizar mejor a un
conglomerado.
La democracia no es precisamente
sinónimo de justicia, es la ley de las mayorías, y es curioso que una mayoría
tome una decisión y unos cuantos que están acostumbrados a ser parte de la
mayoría empiecen a quejarse, no soportan que la disposición aceptada no sea la
que beneficiaba sus intereses o ideales, pero siguen siendo discriminativos
ante otras minorías con las que a diario conviven.
El cambio comienza en cada uno de
nosotros, en buscar la construcción de una sociedad “civilizada”, responsable y
asumiendo la viga en el ojo propio y no la astilla en el ajeno.
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